DÉLIRE
Después de dejarlo, a ÉL, encerrado en su casa, la incendió para que muriera y lo dejase en paz.
Le pareció que estaba amaneciendo.
Luego, horrorizado, se puse a correr hacia el pueblo gritando:
"¡Socorro, socorro, fuego, fuego!"
Había gente que iba detrás suyo, y todos se girában, ¡para ver!
La casa, ahora, no era más que una leñera horrible y magnífica,
una leñera montruosa, iluminando toda la tierra, una leñera donde ardían los hombres, y donde también ardía él, ÉL, ÉL, el prisionero, el nuevo SER, el nuevo señor, ¡el HORLA!
Derrepente el techo fue tragado por las paredes, y un volcán de llamás surgió hasta el cielo.
Por todas las ventanas abiertas, en la hoguera, yo veía la cuba de fuego, y pensaba que él estaba allí, en ese horno, muerto...
"¿Muerto? ¿Puede ser? ¿...Su cuerpo?
¿Su cuerpo, que atravesaba el día, no sería indestructible por los medios que matan los nuestros?
¿Y si no estase muerto el SER INVISIBLE y TEMIDO?
¿Por qué ese cuerpo transparente, ese cuerpo incognoscible, ese cuerpo de ESPÍRITU,
si también tuviese que temer, lo haría a los males, las heridas, los defectos, la destrucción prematura?
¿La destrucción prematura?
¡Todo el miedo humano viene de ahí!
Después del hombre, el HORLA.
- ¡Después de aquél que puede morir cualquier día, a cualquier hora, a cualquier minuto, por cualquier accidente, viene el que sólo debe de morir en su día, a su hora, a su minuto,
porque ya ha llegado al límite de su existencia!
No… No…
Sin duda alguna, sin duda alguna…
ÉL no está muerto…
Entonces…
¡Me tendré que matar yo…!”
Guy de Maupassant, Le Horla.
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